La astucia del vacío: cuadernos de Benarés. Jesús Aguado. (2)

Te amaré con locura cuando deje de amarte
porque entonces serás una sombra en el agua.
Porque entonces tus manos serán ramas caídas
que la corriente aleje sin pedirme permiso.

Te amaré con pasión mientras vas diluyéndote
porque entonces sabré que tu cuerpo era sólo
no materia o sabor sino nada y ninguno,
no mordiscos y un nombre sino nunca y vacío.

Te amaré para siempre cuando seas un árbol
que
hunde sus raíces en la orilla de un río
y en ese río seas una trucha azulada
y en esa trucha seas el reflejo del cielo
y en ese cielo seas una nube sin rostro.
Cuando seas el mundo que no fuiste en mis brazos
porque en ellos reías sólo tú y me besabas.

Te amaré sin regreso cuando la lluvia llueva,
cuando los truenos truenen, cuando el olvido olvide.
Porque entonces sabré que no te amaba a ti
sino a la vida viva y eso está en los insectos.

Te amaré hasta la muerte cuando deje de amarte
y pueda respirar sin tu respiración,
moverme sin tus piernas, pensar sin tus palabras.
Porque entonces serás una hojita que flota
sin conciencia ni tácticas ni mentiras ni orgullo.
Porque entonces tú y yo no seremos tú y yo
sino dos gotas limpias de una misma cascada.

Te amaré en mil pedazos cuando deje de amarte
y sepa que soñamos lo que jamás serías.
Porque entonces serás la que borre tus huellas.

Porque entonces serás la que borre mis huellas,
te amaré desde cero cuando deje de amarte:
otra oportunidad de amarnos con locura
mientras nieva la nieve, mientras las manos manan.

*

El amor tiene eso, que despierta los hilos, esa maraña que somos dentro y fuera de nosotros atravesándonos de parte a parte, atándonos a lo visible y a lo invisible, entrecruzando nuestros actos, palabras, experiencias. El amor hace que los hilos salgan de su letargo hipnótico, ese duermevela o resaca o trance en el que les sume el runrún entontecedor del mundo, y se tensen como animales desperezándose en una sabana, y se pongan a danzar como los reflejos de una antorcha a la orilla de un río, y se disparen en todas las direcciones como espirales de un reloj destapado por una caída brusca contra el suelo. El amor hace que los hilos que siluetean el entramado de lo que somos vibren como cuerdas de un instrumento hasta entonces secuestrado en su estuche: nos hace música y nudo, sonido y relación, el canto de las cosas y los cuerpos cuando se rozan, se mezclan, chocan o se reconocen. Hilos de lana, de lluvia, de huellas en la arena, de seda, de estelas en el aire, de saliva, de narraciones: las marcas que va dejando el azar, el mapa que va cartografiando el deseo. El amor atrapa en su tela de araña el alma, que siempre quiere abandonarnos, fugarse de un mundo que la condena a tareas menores, y la convence por las buenas o por las malas para que se quede con nosotros todavía. Marioneta o cazamariposas, soga de ahorcado o red de trapecista, cada amante tiene que atender a cómo se van reagrupando los hilos recién salidos del sueño: ese dibujo será el de su vida, lo que quede de él una vez que ya no quede nada. Así devanando, cardando, estirando, tejiendo, los amantes desparraman los hilos como corrientes de agua que, entre revueltas, saltos al vacío o remansos, nunca van a dar al mar, que es el morir, sino a sus propios corazones, ese centro incandescente donde surge la vida verdadera.

Jesús Aguado. La astucia del vacío. Cuadernos de Benarés. DVD ediciones

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