Destruir los cuentos de hadas. Chantal Maillard

 

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¿Hasta cuándo? ¿Hasta cuándo seguiremos creyéndonos princesas que esperan ser redimidas? ¿Hasta cuándo seguiremos ansiando el rescate? ¿Hasta cuándo seguiremos creyendo que el orden, la altura y la riqueza son conceptos equivalentes que riman con los de belleza y felicidad? ¿Hasta cuándo negaremos la dispersión del jaos, la interpenetración de los opuestos, el juego sin fin, la dicha de lo híbrido? Es tiempo de destruir los cuentos de hadas; es tiempo de que hagamos que se desmoronen los castillos que nuestra cultura ha edificado. Es tiempo de romper las estatuas antes de que alguna nos aplaste al caer. Los sueños no son bellas ilusiones o esperanzas; los sueños son revelaciones, peldaños en los que habitamos, círculos dantescos; los sueños son lugares de la mente y del alma, ámbitos que cobijan las imágenes que creamos al ir viviendo. Es preciso estar atentos, poner cristales transparentes a las paredes de los sueños, ir descubriéndonos a través de ellos. Descubrir nuestras propias imágenes, las que nosotros creamos, no las que hemos heredado.

Contemos la historia nuevamente, contémosla en superficie, la historia como deslizamiento. Tal vez lleguemos a la princesa. Pero ella no está arriba, está dentro; ella es él siendo ella. Si el amor es capaz de salvar es porque renuncia a ser otra cosa que él mismo; es porque logra importarse más que cualquiera de los objetos amados. Para conservar el amor a menudo –o siempre– es preciso renunciar al objeto, pues el objeto, una vez obtenido, deja de ser la diana o el cebo donde el amor puede proyectarse. Por eso, un objeto imposible –el místico, por ejemplo, o el ídolo– es el medio más eficaz.

Las princesas, hoy, han dejado de esperar. Ellas son su propio príncipe. Han despertado mucho antes del día señalado y han montado el caballo que les lleva hacia el centro de sí mismas. Ellas son amazonas que, habiéndose cortado un pecho para mejor disparar, tensan el arco y apuntan a su propio corazón matando toda la manada de esperanzas. Ellas no necesitan esperar: devoran su propio fuego. Son el hermafrodita que se engalana para saludar la aurora que sale de su boca.

Chantal Maillard. Filosofía en los días críticos [frag. 265]. Pretextos

Ilustración: La princesa Mononoke, Hayao Miyazaki

 

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