La violencia contra los animales. Jacques Derrida dialoga con Élisabeth Roudinesco

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ÉLISABETH ROUDINESCO: Entre las derivas contemporáneas cientificistas, existe una que me impacta particularmente en la medida en que mezcla una perspectiva utilitarista y cognitivista, un ideal jurídico y un objetivo llamado ecológico (o de “ecología profunda”). Pienso en el proyecto “darwiniano” concebido por Peter Singer y Paola Cavalieri [El proyecto Gran Simio: la igualdad más allá de la humanidad, Madrid, Trotta, 1998] y que consiste no en proteger a los animales de la violencia instituyendo un derecho de los animales, sino a conceder a los “grandes monos no humanos” los derechos del hombre. El razonamiento, aberrante a mi modo de ver, descansa en la idea de que, por un lado, los grandes monos estarían dotados de modelos cognitivos que les permiten aprender el lenguaje en igualdad de condiciones que los hombres, y por el otro, que serían más “humanos” que los humanos atacados de locura, senilidad o enfermedades orgánicas que los privarían del uso de la razón.

Los autores de dicho proyecto trazan así una frontera dudosa entre lo humano y lo no-humano, haciendo de los disminuidos mentales una especie biológica que ya no pertenecería al reino de lo humano, y de los grandes monos otra especie biológica integrada a lo humano pero superior a la de los felinos, por ejemplo, o a otros animales, sean o no mamíferos. Por consiguiente, los dos autores condenan el artículo 3 del código del tribunal de Nuremberg que reclama que todo método terapéutico o experimental nuevo esté precedido de ensayos sobre los animales. Hace mucho tiempo que usted se interesa en la cuestión de la animalidad, y me gustaría conocer su opinión sobre estas cuestiones.

JACQUES DERRIDA: La “cuestión-de-la-animalidad” no es una cuestión entre otras, por supuesto. Si la considero decisiva, como se dice, desde hace mucho tiempo, en sí misma y por su valor estratégico, es porque, difícil y enigmática en sí misma, representa también el límite sobre el cual se suscitan y determinan todas las otras grandes cuestiones y todos los conceptos destinados a delimitar lo “propio del hombre”, la esencia y el porvenir de la humanidad, la ética, la política, el derecho, los “derechos del hombre”, el “crimen contra la humanidad”, el “genocidio”, etcétera.

En todas partes donde se nombre algo así como “el animal”, las presuposiciones más graves, las más resistentes, también las más ingenuas e interesadas dominan lo que se llama la cultura humana (y no solamente occidental), y en todo caso el discurso filosófico predominante desde hace siglos. En efecto, en todos mis textos se encuentran marcas explícitas de la activa convicción que siempre fue la mía, a este respecto. Desde De la gramatología, la elaboración de un nuevo concepto de la huella debía extenderse a todo el campo de lo viviente, o más bien de la relación vida/muerte, más allá de los límites antropológicos del lenguaje “hablado” (o “escrito”, en el sentido corriente), más allá del fonocentrismo o el logocentrismo que siempre confía en un límite sencillo y oposicional entre el Hombre y el Animal. Yo subrayaba entonces que los “conceptos de escritura, de huella, de grama o de grafema” excedían la oposición “humano/no humano”. Todos los gestos deconstructores que intenté respecto de los textos filosóficos, en particular los de Heidegger, consisten en cuestionar el desconocimiento interesado de lo que se llama el Animal en general, y la manera en que dichos textos interpretan la frontera entre el Hombre y el Animal. En los últimos textos que publiqué al respecto, pongo en duda el apelativo “Animal” en singular, como si existiera el Hombre y el Animal, simplemente, como si el concepto homogéneo de El animal pudiera extenderse, de manera universal, a todas las formas de lo viviente no humano.

Sin poder tomar aquí posición de una manera muy sutil, me parece que el modo en que la filosofía, en su conjunto, y en particular desde Descartes, trató la cuestión llamada de “El animal” es un signo mayor del logocentrismo y de una limitación deconstructible de la filosofía. Se trata aquí de una tradición que no fue homogénea, por cierto, sino hegemónica, y que por otra parte sostuvo el discurso de la hegemonía, hasta del dominio. Pero lo que resiste a esta tradición predominante es muy sencillamente que hay unos vivientes, unos animales, algunos de los cuales no tienen que ver con lo que ese gran discurso sobre el Animal pretende adjudicarles o reconocerles. El hombre es uno de ellos, e irreductiblemente singular, por cierto, eso se sabe, pero no existe El Hombre versus El Animal.

Por otro lado, aunque desde siempre se haya ejercido una gran violencia contra los animales –ya se encuentran huellas en textos bíblicos que estudié más allá de este punto de vista–, yo intento mostrar la especificidad moderna de esta violencia, y el axioma –o el síntoma– “filosófico” del discurso que la sostiene e intenta legitimarla. Esa violencia industrial, científica, técnica, no puede soportarse todavía demasiado tiempo, de hecho o de derecho. Se verá cada vez más desacreditada. Las relaciones entre los hombres y los animales deberán cambiar. Deberán hacerlo, en el doble sentido de este término, en el sentido de la necesidad “ontológica” y del deber “ético”. Pongo estas palabras entre comillas porque dicho cambio deberá afectar al sentido y al valor mismos de estos conceptos (lo ontológico y lo ético). Por eso, aunque su discurso a menudo me parezca mal articulado o filosóficamente inconsecuente, tengo una simpatía de principio para aquellos que, a mi juicio, tienen razones, y buenas, de alzarse contra la manera en que son tratados los animales: en la cría industrial, en el matadero, en el consumo, en la experimentación.

Para calificar ese tratamiento no utilizaré, a pesar de la tentación, el término “crueldad”. Es una palabra confusa, oscura, sobredeterminada. En el fondo, ya se trate de la sangre (cruor) o no (Grausamkeit), la crueldad, el “hacer sufrir” o el “dejar sufrir” por el placer, eso es lo que sería, como relación con la ley, lo propio del hombre. (A propósito del derecho de castigar o de la pena de muerte, se utiliza esta palabra de una manera extremadamente confusa. En otra parte estudio la historia y la “lógica” del léxico de la “crueldad”. Sería útil realizar una lectura psicoanalítica de la cosa, y una lectura del uso psicoanalítico de la misma palabra, en particular en Freud.) De cualquier manera que se la califique, la violencia infligida a los animales no dejará de tener repercusiones profundas (conscientes e inconscientes) sobre la imagen que se hacen los hombres de sí mismos. Esta violencia, creo, será cada vez menos soportable. No utilizaré tampoco la palabra derecho, pero ahí es donde la cuestión se vuelve complicada. Antes de las tesis que usted evoca, hubo muchas declaraciones sobre los derechos de los animales.

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Jacques Derrida & Élisabeth Roudinesco. Y mañana qué… FCE, 2003, 2009.

Jacques Derrida (El-Biar, Argelia, 1930 – París, Francia, 2004).
Es uno de los pensadores y filósofos más influyentes del siglo XX. Estudió Filosofía en la École Normale Supérieure de París, en la que luego dio clases. Fue también profesor en la Sorbona y en varias universidades estadounidenses, como Yale, Johns Hopkins y la de California, y director de estudios en la École des Hautes Études en Sciences Sociales. En 1983, fue uno de los fundadores y director del Collège International de Philosophie. Sus teorías han dado lugar a la corriente llamada «deconstruccionismo» o deconstrucción, cuya influencia ha sido importante tanto en Europa como en Estados Unidos. Derrida, desde una profunda sensibilidad afectiva e intelectual, tuvo siempre una preocupación constante y casi obsesiva hacia muchos de los aspectos de la vida animal desdeñados por «la más poderosa tradición filosófica en la que vivimos». Esa displicencia filosófica ha ignorado sobre todo su sufrimiento. La cuestión que procede plantearse no es si los animales pueden razonar sino: «¿pueden sufrir?» (Bentham). Pregunta que adquiere una insólita relevancia teórica al hacerla converger con la necesidad de asediar los textos de una historia de la filosofía que se obstina en oponer al Hombre el resto del género animal como un conjunto indiferenciado: «el Animal».

Élisabeth Roudinesco (París, Francia, 1944).
Es doctora en Letras, historiadora del psicoanálisis y psicoanalista. Es directora de investigación en la Universidad de París VII, directora de estudios en la École Pratique des Hautes Études de París y vicepresidenta de la Sociedad Internacional de Historia de la Psiquiatría y el Psicoanálisis. Fondo de Cultura Económica ha editado Lacan. Esbozo de una vida, historia de un sistema de pensamiento (1994), La familia en desorden (2003), Y mañana, qué… (en coautoría con Jacques Derrida, 2003, 2009) y Filósofos en la tormenta (2007).


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