Acercamiento a la experiencia zen: la realidad del dolor. Dokushô Villalba

 

A pesar de que todas las formas de vida aspiran a un estado de gozo-felicidad estable y duradero, la experiencia que más a menudo nos encontramos todos por igual es la del dolor y el sufrimiento. La experiencia del dolor y el sufrimiento es tan universal que los seres humanos la compartimos tanto con los animales como con las plantas.

En el budismo se distinguen dos aspectos en la experiencia de dolor. Hay un aspecto del dolor que es consustancial a la vida. Por ejemplo, el nacimiento es una experiencia dolorosa tanto para la madre como para el hijo. Puede ser más o menos dolorosa, según muchos factores, pero en general es una experiencia dolorosa. Evidentemente, podemos hacer que el nacimiento sea lo menos traumático posible, pero aún así sigue siendo una experiencia traumática. El crecimiento también va acompañado de malestar y de dolor, tanto corporal como emocional-psicológico. A lo largo de nuestra vida aparece a menudo la enfermedad, propia o de los seres queridos. Con el tiempo nos vamos haciendo viejos y perdemos facultades, lo que se traduce en más dolor, físico y emocional. Por último, aparece la muerte, tanto la propia como la de aquellos que nos rodean. Y estas experiencias inevitables producen dolor; así como también la pérdida del trabajo o de un ser querido, el ser abandonado por el esposo o la esposa, o tantas otras experiencias inevitables que forman parte de la existencia misma.

Existen, pues,  ciertas experiencias dolorosas que son inherentes a la existencia humana. Si bien es cierto que los grandes avances en las ciencias están permitiendo reducir o evitar muchas de las situaciones dolorosas con las que se han encontrado nuestros antecesores, es ilusorio concebir una existencia humana exenta completamente de dolor.

Hay un aspecto del dolor, el inevitable, ante el cual la única actitud adecuada es la de aceptarlo como un elemento más de nuestra vida. 

Otras formas de dolor son, por el contrario, evitables, puesto que son creadas por el propio ser humano. ¿Por qué unas personas se derrumban en un abismo de dolor y otras, sin embargo, ante una misma situación, mantienen una actitud de calma y sobriedad? La diferencia no se encuentra en el suceso objetivo, sino en la percepción subjetiva. Esto nos lleva a descubrir que gran parte de las aflicciones que padecemos son generadas por nuestra propia mente.

Por otra parte, en el budismo se distingue el dolor del sufrimiento. El dolor es siempre una experiencia que sucede en el presente y que tiene un principio y un final, como todo. Al dolor le sucede el placer; al malestar, el bienestar; al bienestar, el malestar; al placer, el dolor, en un círculo sin fin. No habría dolor sin placer ni placer sin dolor, puesto que dolor y placer son dos aspectos de la experiencia que se generan y se necesitan mutuamente. Sin dolor no habría placer y sin placer no habría dolor. Sabemos que el dolor es dolor porque sabemos que el placer es placer. Cuando llamamos a algo «dolor», lo estamos comparando con algo que llamamos «placer». De esta forma, dolor y placer son inseparables. El dolor, tanto como el placer, es una experiencia que comienza y acaba. Entonces, el displacer se vuelve placer, como cuando nos duele terriblemente una muela, tomamos un calmante y media hora después ya no sentimos dolor y respiramos aliviados.

El sufrimiento, por su parte, es una rumiación mental de un dolor presente o ya pasado. Esto hace que el sufrimiento sea una experiencia que puede extenderse indefinidamente en el tiempo, ya que es la mente la que en el presente rumia o reconstruye de manera continua una experiencia dolorosa del pasado. Aunque muchas formas de dolor son inevitables, el sufrimiento es evitable si educamos nuestra mente y la mantenemos fijada en el presente inmediato.

Así como existen tres niveles de intensidad en la experiencia de gozo-felicidad (descritos anteriormente en el libro), también existen tres niveles de dolor o malestar.

El dolor físico-sensorial

Somos un cuerpo dotado de un sistema nervioso sensible y de cinco conciencias sensoriales. A través de ellos podemos experimentar infinidad de sensaciones agradables que se encuentran en la base de nuestro estado de felicidad sensorial, pero también a través de ellos experimentamos sensaciones desagradables o muy desagradables, incluso dolorosas. Es inevitable que a lo largo de toda una vida nos encontremos continuamente con sensaciones desagradables o dolorosas. Ni siquiera en el más feliz de los mundos podemos imaginar la erradicación completa y absoluta de las sensaciones desagradables y dolorosas.

El dolor emocional-psicológico

Los seres humanos, a diferencia de los animales, somos seres altamente emocionales; estamos dotados de una estructura psicológica, llamada personalidad; sentimos un especial apego por nuestra autoimagen, y hemos desarrollado una herramienta de supervivencia única: la mente representativa que se expresa a través del lenguaje.

El bienestar emocional, psicológico y mental forma parte de nuestro anhelo de felicidad, pero, al mismo tiempo, gran parte de nuestras experiencias dolorosas están relacionadas con nuestras emociones, con nuestra autoimagen y con nuestra forma de concebir la realidad. 

¿Cómo funcionan nuestras emociones? Tanto el término “emoción” como el término “movimiento” tienen en su raíz la palabra latina motus. La emoción es la fuerza que nos pone en movimiento, la que nos hace actuar en un sentido o en otro. Aunque el número de emociones que un ser humano es capaz de experimentar es infinito, todas nuestras emociones pertenecen a tres familias:

  • La familia del deseo
  • La familia del rechazo
  • La familia de la indiferencia

La familia del deseo incluye lo que habitualmente se entiende por amor, la pasión, el ansia de posesión, la ambición, la avidez, el apego, la seducción, la avaricia, la codicia, etcétera.

La familia del rechazo incluye el odio, la aversión, la ira, etcétera.

La familia de la indiferencia incluye la abulia, la apatía, el aburrimiento, la pereza, la falta de impulso vital, etcétera.

Existe una íntima relación entre las sensaciones y las emociones. Por ejemplo, cuando consideramos que algo es sensorialmente agradable, aparece de inmediato el deseo de conseguirlo, y cuando lo hemos logrado, continúa el deseo de seguir experimentándolo. Y este deseo conduce fácilmente al apego a a la fijación en el objeto de nuestro deseo.

Por el contrario, cuando consideramos que algo es sensorialmente desagradable, aparece de inmediato el rechazo. Este puede convertirse fácilmente en aversión, y esta en odio y en ira.

Por su parte, cuando lo que experimentamos no nos resulta ni agradable ni desagradable sentimos un estado de indiferencia que puede conducirnos a la abulia, la apatía, la pereza, la desmotivación o el aburrimiento.

No hay básicamente ningún error en este mecanismo sensorial-emocional. En su origen es un mecanismo de supervivencia. En su estado natural, todo lo que amenaza la vida es considerado desagradable, odioso. Todo lo que facilita la vida es considerado agradable, ventajoso y hacia ello se dirige el deseo, principal fuerza motora de la existencia humana.

Por eso, mi maestro Taisen Deshimaru solía decir que nos pasamos la mitad de nuestra vida corriendo detrás de lo que nos resulta agradable y la otra mitad huyendo delante de lo que nos resulta desagradable, sin conocer la verdadera paz ni el descanso. No obstante, como escribió el maestro Dôgen:

Aunque las amemos, las bellas flores se marchitan.
Aunque les odiemos, las malas hierbas crecen.

Esto es, no siempre podemos obtener lo que deseamos.

Desear es fácil y no cuesta nada. Satisfacer los deseos suele ser un poco más difícil y siempre hay que pagar un precio. Por ello, deseamos y deseamos sin darnos cuenta de que vamos acumulando un excedente de deseos no satisfechos. Esta acumulación de deseos insatisfechos se convierte en frustración, y esta es una forma de dolor emocional, evitable.

Por otro lado, no siempre podemos evitar aquello que resulta desagradable o doloroso. A veces no tenemos más remedio que aceptar el dolor o la aflicción en vez de luchar obstinadamente en su contra.

Con respecto a la mente representativa, gracias a ella creamos una imagen subjetiva del mundo. En el fondo no nos relacionamos con la realidad, sino con la imagen de esta que ha creado nuestro cerebro.

Creemos que la realidad es lo que nuestro cerebro nos dice que es. Sin embargo, a veces la realidad no coincide con la imagen que nos hacemos de ella. Esta falta de coincidencia entre la imagen subjetiva y la realidad objetiva es causa de gran parte de nuestro dolor. Por ejemplo, cuando bajamos una escalera prestamos atención a los escalones. Nuestra conciencia visual registra el espacio y envía la información al cerebro. El cerebro calcula y da la orden de avanzar un paso de forma que nuestro movimiento coincida con el espacio real. Pero sucede a veces que no prestamos la atención debida, calculamos mal, es decir, nuestro cerebro comete un error de cálculo con respecto a la distancia y al movimiento necesario y, como consecuencia damos un mal paso, perdemos el equilibrio, caemos y, a veces, salimos contusionados. Esto es debido a una falta de coincidencia entre nuestra imagen subjetiva de la realidad y la realidad objetiva. Lo que acabamos de ver nos sucede a menudo en muchos aspectos de nuestra vida. El resultado es con frecuencia una experiencia desagradable, muy desagradable o bastante dolorosa.

El dolor existencial o esencial

Aunque consiguiéramos erradicar por completo todo tipo de de experiencias desagradables, muy desagradables o dolorosas y fuéramos capaces de permanecer siempre en un estado de gozo-felicidad tanto sensorial y emocional como psicológico o mental (lo cual está bastante alejado de la realidad posible), es decir, aunque lográsemos permanecer en un continuo estado de felicidad sensorial, emocional, psicológica y mental, tarde o temprano nos encontraríamos con el rey del dolor, el mayor de todos los dolores, la mayor aflicción de todas las aflicciones, con la ruina absoluta de nuestro hipotético negocio de felicidad; a saber, la muerte.

La muerte es el final de la individualidad psicosomática, de la personalidad, de la autoimagen, del yo. Cuando la muerte llega, el yo desaparece. Ningún yo puede sobrevivir a su propia muerte. Esto es un hecho.

Aunque tratemos de vivir como si eso no fuera con nosotros, todos sabemos que tarde o temprano vamos a morir. Sabemos que nuestra existencia individual tiene fecha de caducidad, un límite, un final. Quizás la especie humana sea la única especie animal que tiene autoconciencia de la propia muerte. Y la conciencia de la propia muerte es el mayor dolor de los seres autoconcientes que somos. Lo llamamos dolor existencial o angustia existencial. En general, y como también ha puesto de manifiesto la psicología occidental, esta angustia se encuentra profundamente escondida en lo más recóndito del inconsciente, protegida por complejos mecanismos de defensa psicológicos que impiden que aflore en nuestra vida cotidiana.

Sin embargo, por my escondida que esté, esta angustia es la causa y el motor secreto de gran parte de nuestro comportamiento y de nuestra actividad en el mundo. Exagerando, podríamos decir que vivimos para ocultar que la muerte es nuestro destino. Vivimos como si nunca fuéramos a morir. Vivimos creyéndonos inmortales, de espaldas a la realidad de nuestra finitud, construyendo sueños de inmortalidad.

Por ello nos cuesta reconocer hasta qué punto nos aterroriza la muerte. Tal vez ni nosotros mismos sepamos conscientemente hasta qué punto la negación de nuestra propia caducidad es el motor de nuestros actos.

Seamos conscientes o no de ello, el hecho es que por muy felices que seamos en este mundo, por hábiles que hayamos sido para burlar el dolor sensorial o emocional-psicológico, cuando llega el momento de morir tenemos que dejarlo todo: tanto el placer como el dolor, tanto felicidad como desgracia, tanto éxito como fracaso.

Dicen que el dios del tiempo nos concedió al nacer un crédito de instantes limitados. Conforme vamos viviendo vamos consumiendo el crédito. Llega un momento en el que el saldo de instantes es cero; entonces debemos entregar la vida.

Ningún sueño de inmortalidad, ninguna proyección ilusoria de supervivencia más allá de la muerte han conseguido a lo largo de la historia de la humanidad calmar o negar la angustia existencial que produce el carácter transitorio de nuestra vida. Muchas religiones lo han intentado y lo siguen intentando, pero los sueños de inmortalidad desaparecen con aquel que los ha albergado.

Resulta paradójico que siendo el anhelo de felicidad el impulso básico que nos mueve, al mismo tiempo la experiencia del dolor y del sufrimiento sea la más universal, la que nos iguala a todos los seres humano, la más extendida, al parecer.

¿Por qué puede ser esto? ¿A qué puede deberse? ¿Hay algún tipo de error en la vida humana? ¿Somos acaso e producto de un dios sádico y loco que al mismo tiempo que nos inocula el virus de la sed de felicidad nos crea impotentes para alcanzarla?

El origen del dolor

Desde el punto de vista de la experiencia y la enseñanza de Buda, los seres humanos tenemos todo lo que necesitamos para acceder y permanecer en un estado de felicidad profunda y duradera.

Todos estamos dotados con la naturaleza de Buda, es decir, con cualidades de conciencia, sabiduría, conocimiento y bondad innata. Todos somos budas en potencia y tenemos capacidad para ser budas en acto. La naturaleza de Buda encuentra en lo más profundo de nuestra naturaleza humana.

Es, de hecho, nuestra naturaleza humana dormida a la espera de ser despertada. para ello necesitamos descorrer el velo que lo oculta, que no es otro que nuestra propia ignorancia.

Desde el punto de vista de la enseñanza del Buda, la ignorancia es el origen de toda forma de dolor, tanto del que es evitable como del inevitable. ¿Cómo puede ser esto?

Es la causa del dolor evitable porque debido a ella no lo evitamos. Es la causa del dolor inevitable porque debido a ella no aceptamos que el dolor inevitable es inevitable y lo convertimos en sufrimiento.

Por lo tanto, disolver la ignorancia de la propia mente es la tarea fundamental no solo de los seguidores budistas, sino de todo ser humano que aspire a la paz y la felicidad.

Ahora bien, ¿qué es esta ignorancia? En sánscrito, el término que la designa es avidya; en japonés es mumyo. Ambos designan la misma realidad: una mente poco clara, una mente oscurecida por una percepción errónea de la realidad. Con el término “ignorancia” me refiero al velo que empaña la conciencia humana y le impide tener un conocimiento claro y luminoso de la realidad. la ignorancia puede ser entendida, pues, como conocimiento deficiente, por impreciso y limitado, tanto del sujeto con respecto a sí mismo como del sujeto con respecto a la realidad. Ignoramos quiénes somos y qué es en verdad la realidad en la que vivimos; es decir, el conocimiento que tenemos de nosotros mismos y de la realidad es deficiente.

La ignorancia como causa básica del dolor

Este conocimiento deficiente es el resultado de un proceso cognitivo también deficiente, por impreciso y limitado. La disolución de la ignorancia, y por lo tanto del dolor y el sufrimiento, solo puede producirse por medio del conocimiento correcto de la verdadera naturaleza del yo y de la realidad.

A la experiencia de este conocimiento se la llama en el budismo “iluminación”. Esta iluminación no es un conocimiento ordinario, no tiene como base el pensamiento racional, la razón. Es más bien una “experiencia”. No obstante,  en la base de esta experiencia no se hallan las impresiones sensoriales. Más bien al contrario, esta experiencia solo aparece cuando el pensamiento racional y las impresiones sensoriales y emocionales han sido trascendidos.

Aunque he dicho que se trata de una experiencia, tendría que decir más apropiadamente que se trata de la experiencia por excelencia, ya que a través de ella la fuente de todo conocimiento que es la conciencia se conoce y se ilumina a sí misma.

Extractos del libro de Dokushô Villalba, Zen en la plaza del mercado. Kairós, 2016

Acerca del autor: Dokushô Villalba

 

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